viernes, 4 de noviembre de 2011

Las deudas de la "Segunda Dama"

Las peleas conyugales del primer vicepresidente de la Nación Argentina marcaron su vida y su muerte. «No quiero mirar en la misma dirección que mi marido por toda la eternidad…»





La joven Tiburcia Domínguez, con solo diecisiete años, supo comportarse acorde con las circunstancias, acompañando en el exilio y la vida pública a su esposo Salvador María del Carril, el primer vicepresidente del país.

Hijo de don Pedro Vázquez del Carril y doña María Clara Rosa y Torres, Salvador María nació en 1789 en San Juan, provincia de la que en 1823 fue gobernador.

Siendo educado en la Universidad de San Carlos en Córdoba y discípulo del Dean Funes, se doctoró en Leyes en el año 1816, motivo por el cual desempeñó cargos relevantes en la política de nuestro país.

Pero no fue, sin embargo, su vida pública y política lo que hizo conocida la historia del doctor Del Carril, sino un episodio de su vida conyugal sin mayor trascendencia en nuestro tiempo.

Salvador María, se casó en Mercedes, Uruguay el 28 de septiembre de 1831 , con Tiburcia Domínguez. Hija de don José Luciano Domínguez y doña María Luisa lópez Carmelo, nacida en Buenos Aires en 1814.

Fue madre de siete hijos, seis varones y una niña, pero, la diferencia de edad y criterios entre los esposos fue generadora de profundas dificultades. Llegados al poder, de la mano de Urquiza, los del Carril parecían un matrimonio armonioso y feliz, pero, las desavenencias de la pareja crecían con el paso del tiempo.

Los enojos del doctor con su mujer comenzaron a crecer, ocasionados por los excesivos gastos que originaba ella, según su criterio. Consideró a Tiburcia una derrochadora compulsiva, fanática de los vestidos de moda, joyas y perfumes caros.

Salvador tuvo una última conversación con Tiburcia, en la que le pidió que no continuara con ese despilfarro, pero parece que la señora no hizo caso a este requerimiento. 

Harto ya de esta situación , del Carril solicitó publicaran en todos los diarios de la época tales como El Nacional , La Nación , Anticipación a La Prensa Nacional, La Tribuna, y demás, la siguiente nota: “No me haré responsable del pago de nuevas deudas de la señora, y solicito se le suspenda definitivamente el crédito”.

La publicación fue la comidilla de la alta sociedad, y semejante bochorno humilló tanto a Tiburcia que jamás volvió a dirigirle la palabra a su esposo. Y la situación se sostuvo durante treinta años, hasta la muerte de Salvador, el 10 de enero de 1883.

Se dice que cuando a doña Tiburcia le fue comunicada la muerte de su marido, solamente se limitó a preguntar: “¿Cuánta plata dejó?”. Una vez finalizado el duelo, convocó al arquitecto francés Alberto Fabré, con artistas italianos y franceses para que en tierras que ambos poseían en Lobos, construyeran una gran residencia en la que orgenizó grandes fiestas, con bailes que duraban por largas horas, demostrando un brillo y opulencia fantásticos.

Pero la señora del Carril, seguía firme con su venganza…mezcla de odio y dolor. Encargó un magnífico mausoleo en el Cementerio de Recoleta a Camilo Pomairone, a quien le dio expresas órdenes de que su estatua debía mirar hacia el lado contrario al de su marido, para perpetuar de esa forma las diferencias conyugales que caracterizaron su vida: “No quiero mirar en la misma dirección que mi marido por toda la eternidad…”






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